Del pasado al futuro

El pasado regresando al futuro

Pues sí, a veces se nos dan situaciones en las que el pasado se nos viene al día de hoy, hace un viaje hacia el futuro tras un largo recorrido en el que las cosas ya no son como eran.

Os cuento esta historia que me fascinó y que la he vivido con plenitud al lado de la compañera que lo ha vivido en primera persona, porque cuando el pasado nos viene al futuro y agradece nuestro trabajo bien hecho, no podemos volver el rostro por falsa modestia, hay que encararlo con dignidad.

Unos días antes de las vacaciones, el trasiego que se produce por todos los pasillos del centro es brutal, revolucionario, convulso, desesperante, jaleoso, sospechoso, jovial, navideño…

Puede pasar cualquier cosa, la verdad.

Incluso, puede pasar que, tras ignorarte durante meses, alguna familia venga con la sierra mecánica dispuesto a hacer trizas a profesores porque el niño sospecha que va a suspender algunas asignaturas.

 

En ese contexto, al sonar el timbre del recreo, algunos en esa última semana, salimos más deprisa del centro para cruzar a la cafetería, ese remanso de paz en el que, normalmente, nunca hablamos de trabajo. No es intencionado, la verdad, pero así se ha ido haciendo, y así seguimos.

Aquel día, al salir, vi que mi compañera Yolanda estaba en la puerta de la consejería hablando con un muchacho, medio señor ya y, no os voy a engañar, por si acaso, le dije:

  • Cuando termines, que sepas que te estamos esperando para la reunión.

Sí, ya sé que no es honesto, pero la verdad que a veces se hace necesario este tipo de intervenciones.

Su respuesta fue contundente y con una sonrisa de oreja a oreja:

  • Vale, vale, no hay problemas, ir empezando.

 

Y me fui tranquilo.

 

A los 5 minutos llegó ella, medio extasiada, a la cafetería, ese Canaima bendito donde todo se diluye.

Y empezó a contarnos…

 

Resulta que aquel joven era un profesor del Instituto que hay cerca del nuestro.

Resulta que mi compañera Yolanda había sido su profesora hacía unos años. Y el muchacho, al enterarse de que seguía ahí, aprovechó un hueco para escaparse y poder darle las gracias.

Al parecer, el curso en el que estaba era un auténtico desastre, uno de esos que te dan ganas de abandonar a su maldita suerte, sin embargo, el muchacho vino a recordarle las cosas que ella hizo por esa clase: cómo no los abandonó, cómo hizo lo posible por sacarlos adelante, cómo les dio el cariño que les faltaba, cómo se dejó la piel y apostó por ellos y no por sus más que inminentes fracasos, cómo luchó por ellos para que salieran adelante.

Y todo eso vino a decirle un muchacho que ahora era profesor en otro centro.

 

Los efectos se multiplican, los malos y los buenos.

 

Y es que mi compañera Yolanda, si me permite que lo diga, es una crack. De las buenas. De las auténticas.

Es una madre para tanto alumno perdido, empatiza, les toca la vena sensible, conecta con ellos. También se irrita, pierde los nervios y se enfada, como cualquier otro. Pero es que yo la he visto conseguir lo «inconseguible» con algunos alumnos. He visto cómo logra que alumnos que estorban, que son expulsados y que no aspiran a nada, salgan a un escenario delante de sus compañeros a tocar el xilófono o la flauta.

Es la persona que lleva nuestra Escuela Espacio de Paz y la que nos motiva a hacer «cosas» con nuestros alumnos para que «algo» se lleven.

Ella es la que no sabe venderse (a ella misma y a sus actos)  porque, inconscientemente, prefiere el anonimato de quien hace las cosas a pesar de las dificultades y zancadillas.

Es la que nos hace bailar, sentir, vivir, disfrutar y emborracharnos, jeje.

Yolanda organiza conciertos con casi todos sus alumnos a finales de trimestre y de curso. Los niños tocan teclados, flautas, baterías, xilófonos, triángulos… y ella se encarga de la guitarra eléctrica en espectáculos escolares que nos traen temas actuales. La he visto hacer bailar (que no obligar a bailar) al ritmo, disfrutando y con todos los demás a un alumno con síndrome de down. Sus alumnos (algunos, claro) cantan delante de sus compañeros.

Fomenta la buena convivencia del centro, pinta carteles y se le ocurren grandes ideas.

 

Y creo que ya era hora de que alguien se lo agradeciera.

La visita de aquel muchacho le ha dado la gratitud que se merecía. Ésa que los buenos maestros recogen con el paso de los años, tras muchas horas de dedicación, tras muchos malos ratos y enfados, tras mucha motivación externa, tras una paciencia infinita, tras el caos de una pequeña genia que trata de sacar lo mejor de sus alumnos a través de la música.

Y yo, aprovechando la excusa, vengo también a agradecérselo porque, Yolanda, eres la leche. Te queremos. Te quiero y eres una gran persona. Sí, de esas con todas tus virtudes y tus defectos, con nuestras discusiones y nuestras confidencias de medio pelo.

Los niños tienen suerte de disfrutarte. Y la prueba de ello te llegó hace muy poco.

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