emociones: abandonado

Emociones: La educación no sólo es 2+2 = 4.

En mi anterior post sobre las emociones, os prometí que iba a escribir una segunda parte, una segunda experiencia que tiene que ver con seguir emocionándome. Una experiencia real, tangible, vivida en mis carnes hace tiempo y que me hizo volver a casa con lágrimas en los ojos por el sufrimiento de otra persona y por la alegría de haber dado algo de luz a una de esas personas que deambulan perdidas buscando lo que buscan todos: cariño. Te invito a leer este artículo, que no va a dejarte indiferente.

Cierto día, al final de mi jornada, que no la del centro, oí voces desde la sala de profesores.

Al ratito, entró un compañero diciendo que cierta alumna estaba profiriendo sapos y culebras, insultaba a una profesora y que él había preferido dejarla un rato sola para no acabar también él enfadado o ponerle un parte disciplinario. Al parecer había insultado y amenazado con anterioridad a cierto profesor y, como era reincidente, pues se iba unos días expulsada.

Y de estas cosas que no piensas (al menos a mí me pasa con más frecuencia de la que logro percibir objetivamente), me levanté y le dije que me dejara un rato con ella, que hablaría con ella. Tenía ya mi mochila preparada, mi botella de agua para la bici y todo recogido para irme tranquilo a recoger a mis hijas al colegio.

Entré en la habitación, allí había una alumna a la que nunca le había dado clase. La conocía porque todo el mundo la conocía en el instituto. ¿Quién no conoce a esta chica?

Entré en la habitación minúscula en la que estaba. Me miró con una mezcla de desafío, de enfado, de rabia y de «a ver qué sermón vienes tú a soltarme que no tengo el cuerpo para farolillos«.

Me senté frente a ella y le pregunté directamente:

  • ¿Qué te pasa? ¿Estás enfadada?
  • ¡Claro!
  • Te vas expulsada, ¿verdad?
  • Muchos días. Y no he hecho nada.
  • ¿Con quién vives en casa? ¿Con tu madre?
  • Sí -respondió con cara desubicada. Creo que no se esperaba esa pregunta.
  • ¿Tienes hermanos o hermanas?
  • Y qué importa. Pero no, no tengo. Bueno, sí, tengo un hermanito de padre.
  • ¿Tu padre no vive con vosotras?
  • No, para nada.
  • ¿Cuántos años tenías cuando se separaron tus padres?
  • Unos 4 o 5 años, ya no me acuerdo bien

En todo momento, su mirada era desafiante y, al mismo tiempo, desconcertada. Trataba de amenazarme pero el fondo de sus hijos irradiaba una tristeza abrumadora.

Y entonces le hablé claro y directo. No le di tiempo ni a ponerse la armadura.

  • Vaya una mierda, ¿no? Con 4 añitos se separan tus padres y te quedas tú ahí en medio de todo, con una sensación inconsciente de abandono y rechazo con la que no puedes vivir. Y eso te lleva siempre por caminos que no son agradables, que te hace llamar la atención de la forma que sea, que te obliga, sin saber, a venderte de la forma que sea para poder conseguir lo único que quiere todo el mundo… ¿Sabes lo que es?
  • ¿Felicidad? ¿Dinero?
  • Cariño. Estás muy necesitada de cariño. Estás tan necesitada de cariño que eres capaz de tirar tu vida a la basura en expulsiones absurdas sólo con saber que le gente te hace caso.
  • Yo nunca me voy a enamorar. El amor no existe -me decía mientras sus ojos empezaban a titilar como estrellas en el firmamento-. Los niños te miran y sólo te quieren para un polvo y ya está. Eso no es amor, no me hace falta. Para eso ya he tenido bastante.
  • Que tú no lo hayas experimentado no quiere decir que no exista.
  • Si tú lo dices…
  • ¿Sabes que eres un montón de cosas buenas? [en mi interior, me aseguré mentalmente para usar el verbo «eres» en lugar de cualquier otro como «tener», por dejar clara la diferencia, aunque ella no fuera consciente en el momento, quería que su cerebro registrara así la conversación].

La vida te ha hecho tanto daño que te has replegado sobre ti misma. La vida te ha hecho tan dura que llevas encima una armadura (haciendo alusión al famoso libro) en la que rebota todo, te has forjado un corazón de piedra porque no has tenido más remedio, no porque de verdad sea así. Tienes un gran corazón, tienes un montón de cosas buenas, de virtudes, eres una gran persona y seguro que has experimentado algunas cosas buenas que no te has querido llevar contigo por miedo. Porque al fin y al cabo, solo necesitamos cariño, pero nos da miedo.

  • Eso no es así. Yo no tengo nada bueno. Soy mala, inútil y hago daño a las personas.
  • Bueno, eso es lo que te han hecho creer. Que sigas pensándolo ahora es responsabilidad tuya, porque yo te estoy diciendo lo contrario. Si yo le digo a un niño desde pequeñito a diario que es tonto…  Eres tonto. Y al día siguiente, eres tonto. Y al día siguiente: eres tonto… ¿Cómo crees que será ese niño a los 14, 16, 20 años?
  • ¡¡Pues tonto!!
  • ¿Por qué?
  • Porque de tanto que se lo han dicho, se lo ha acabado creyendo.
  • Pues tú igual. ¿Cuántas veces te han dicho que eres buena? ?Cuántas veces te han dicho que eres una bella persona, tus cualidades, tus virtudes…?
  • Ninguna que yo recuerde.
  • Y, ¿cuántas veces te han dicho que eres una inútil que no sirve para nada, que eres un desastre, que tienes harto a los demás, que no hay quién te aguante y otras cositas parecidas? ¿Cuántas veces has sentido que estabas mejor muerta o desaparecida? ¿Decenas de veces, miles, millones?
  • Millones – me decía mientras ahora los ojos hacían más que titilar, aunque intentaba ocultarlos-.
  • Pues que sepas que eres una buena persona, que tienes mucho que aportar al mundo, pero que el mundo no ha sido justo contigo. Hay gente a la que le toca la lotería y hay gente a la que le toca una vida de mierda. Tú eres de las segundas. Y tus ojos me dicen que tengo razón, no te lo quieres creer porque te da miedo que te haga daño, pero en el fondo sabes que tengo razón. Y eres buena. Aunque hayas insultado o amenazado al profesor. Y no quieres ser consciente de lo estupenda que eres porque nunca te lo han dicho, no estás acostumbrada, te chirrían las orejas sólo de oírlo y no vas a dejar que estas palabras te traspasen.
  • Es que yo no puedo parar. El profesor es muy bueno y tiene una paciencia tremenda, pero yo, mientras me dirigía a decirle unas cositas, pensabe para mí: «sé que le voy a hacer daño, voy a ir a hacerle daño, le voy a decir lo que sé que le duele»; pero al mismo tiempo no podía parar. No podía parar. Te lo juro. No sé por qué haga esas cosas. Todo el mundo en el instituto sabe quién soy. Todo el mundo me respeta porque me tiene miedo, porque saben que les puedo hacer daño y no daño del de pegar, sino del de la cabeza, del de verdad.
  • No nacemos sabiendo, sino aprendiendo. Y tú has aprendido de la forma menos deseable. Pero estoy seguro, por ejemplo, de que serías capaz de hacer lo que fuera por alguna amiga, por ejemplo.
  • Yo no tengo amigas.
  • Por tu madre, por tu padre…
  • Si alguien se mete con mi madre le meto. Pero vamos, por dejarle las cosas claras al que se meta con ella, no porque yo la quiera. Y de mi padre hace años que no sé nada de él. De hecho yo no tengo ni padre ni madre, sólo ha habido dos personas que me han dado comida y techo durante estos años, pero eso no es ser padre o madre, eso lo puede hacer cualquiera. Una madre debe hacer todo lo que mi madre no ha hecho conmigo. Una madre debe querer a sus hijos. No menciones a mi padre y a mi madre, porque yo no tengo eso. Yo no tengo padres. Nunca los he tenido.

Aquí fueron mis ojos los que empezaron no a brillar, sino a descomponerse… Me miraba fijamente con una mezcla de alegría de poder desahogarse conmigo y de alegría de pensar que había ganado algo, que me había vencido. La tristeza más profunda se apoderó de mí al oír aquellas palabras. Que una adolescente te diga eso es muy duro.

Sin embargo, lo que ella había ganado era mucho más, no sólo sacarme unas míseras lagrimitas. Ella se pensaba que yo iba a ir a echarle la bronca, a reprenderle su actitud, a regodearme en su expulsión y a animarla a estudiar; pero se encontró con una conversación clara, directa y contundente.

  • ¿Quieres que hablemos otro día o de vez en cuando?
  • Sí, por favor, me encantaría -y esta vez sí que le brillaban los ojos de alegría-.
  • Vale, tú tienes ahora la responsabilidad, cuando vuelvas de la expulsión eres quién debe acercarse a mí para recordarme que hablemos, yo tengo muchas cosas en la cabeza y no sé ni qué día vas a volver. Ahora te toca a ti moverte y empezar a hacer algo por ti misma, sin amenazas, sin engaños, sin miedos. Y me da en la nariz que soy la única persona que te ha hecho llorar así, desmontando todo tu tinglado. No hacerte llorar por hacerte daño, sino por empezar a descubrirte que eres una persona maravillosa, que ha hecho cosas mal, que tienen consecuencias, pero que aún puede hacer cosas bien y disfrutar de la vida. Y si me lo permites y te apetece, te voy a dar un abrazo, porque me parece que es justo lo que necesitas ahora mismo.

Y se levantó y se me echó encima a la velocidad de la luz. Y me dio las gracias  y me dijo que me iba a buscar a su vuelta. Y me acordé de una película, muy dura, pero  muy buena, que refleja este tipo de situaciones. Y me acordé de una frase brutal que se dice casi al final:

  • Tú no tienes la culpa. Tú no tienes la culpa.

 

No, no le he arreglado la vida a esta chica. No tengo tanta formación ni poder. No soy terapeuta, no soy psicólogo, ni nada parecido. Ni de lejos. Sólo tengo la virtud de empatizar rápidamente con algunas personas, hablar con ellas con claridad, sin tapujos y abrirles una ventana nueva de aire fresco.

Quizás nunca cambie de rumbo, quizás acabe mal, muy mal, dentro de unos años. Pero quizás no. Y a eso me agarro.

Aquí os dejo una frase que escribí una vez en mi perfil de FB.

5 Comentarios

  1. Vicente Lafuente says:

    Precioso Álvaro!
    Directo, confrontativo y verdadero, una maravilla
    La película…El indomable Will Hunting, por si sorteas un apartamento en Torrevieja
    Un abrazo

  2. Ufffff, me emocionas, me emociona ella, me emociona la situación, sólo puedo agradecerte por ese rayo de luz que le llegó a esa adolescente, gracias gracias gracias

  3. Pingback: El origen de la violencia | Lucero de Alba

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