Cuando me permito esperar que el mundo saldrá de sus problemas actuales y que algún día aprenderé a entregar la dirección de mis asuntos, no a crueles titiriteros, sino a hombres que posean sabiduría y valor, tengo ante mí una nueva visión luminosa: un mundo donde nadie pase hambre, donde hayas pocos enfermos, donde el trabajo sea agradable y no excesivo, donde sea corriente un sentimiento bondadoso, y donde las mentes liberadas del temor creen placeres para los ojos, los oídos y el corazón. No digáis que es imposible. No es imposible. No digo que se pueda hacer mañana, pero sí dentro de mil años, si los hombres dirigieran sus mentes a lograr este tipo de felicidad que sería la propia del hombre.

Rusell, B., Sociedad humana: ética y política.

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