He llegado a una conclusión aterradora: yo soy el elemento decisivo en el aula. Es mi actitud personal la que crea el clima. Es mi humor diario el que determina el tiempo. Como maestro, poseo un poder tremendo: el de hacer que la vida de un niño sea miserable o feliz… Puedo ser un instrumento de lesión… o de cicatrización.

G.Guinot, La tragedia educativa

 

Da igual el humor del que esté el alumnado, detectan enseguida si pueden seguir así o deben cambiar instantáneamente. Y eso va a depender de mi actitud al entrar en clase, es lo realmente determinante.

Entonces, ¿cómo queremos entrar?

Me ha llegado a pasar que he entrado en un aula y les he dicho: «Por favor, vengo muy alterado de la clase anterior, os pido un ratito de comprensión para que me relaje, no quiero pagarlo injustamente con vosotros». Y siempre me ha funcionado.

2 Comentarios

  1. Juanma Bermúdez says:

    Siempre he pensado así. A pesar del discurso del desprestigio docente, que afirma entre otras cosas que el profesor está desposeído de influencia, sé que al cerrar la puerta de mi aula el alumnado, de modo inconsciente muchas veces, me reconoce como el agente que instaura el clima emocional de la clase. Tenemos muuuuucha más capacidad de influencia de la que sospechamos. Gracias por el sobre.

    • Álvaro Ledesma Alba says:

      Querido Juanma, gracias por tu comentario no exento de sabiduría, como tantas veces. Estoy de acuerdo contigo en todo lo que dices y eso que yo, en ocasiones, peco del desprestigio docente (últimamente me llegan más historias malas de las que quisiera) pero debe quedar claro que hay muchos profesionales que hacen un trabajo excelente y que, en ocasiones, solo perciben quiénes lo disfrutan.
      Un abrazo.

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