Con mi padre en 2005

Un par D.E.P.arpadeos

Cuando pasas siete horas seguidas sosteniendo uno de los últimos hilos de vida de tu padre, te das cuenta de que Cinco horas con Mario sólo fueron un par de parpadeos.

Permítanme jugar con las letras “un par D.E.P.arpadeos” para dedicarle este escrito a mi padre, que en paz descansa.

Y es que estos últimos ocho meses sólo han sido eso para mí: un par de parpadeos.

No, no es mi intención escribir un panegírico. Los que me conocéis sabéis que intento hacerlos en vida. Y a mi padre ya se lo escribí hace un par de años.

Durante siete horas, a la velocidad quejumbrosa que te permiten 47 pausadas pulsaciones, con una tensión de 3-6 en un cuerpo de unos 37 kilos, miras fijamente, cara a cara, a la muerte. La ves venir a lo lejos. La parca se está acercando, aunque sea otra de tus hermanas quien, posteriormente, la salude bien de cerca, a la que se le presenta de frente y a la que  salude con su guadaña purificadora mientras, sutilmente y con el helor que le corresponde, reúne a tu padre, por fin, con los suyos, que son todos: con los que ya le precedieron.

Durante siete horas ves a tu padre preparándose para un viaje para el que no estamos preparados, ni educados, ni dispuestos. Lo ves gesticular, aparentemente errático; lo escuchas hablar, aparentemente errático. Pero nada más lejos de la realidad, en su inconsciencia sabía lo que hacía.

Ves el temor del otro, frente a ti, mientras intentas caminar por el filo de la espada del miedo que se balancea trepidante sobre un Damocles cualquiera, que se cierne en unos hombros doloridos que apenas soportan ya el peso de la situación que arrastra(s) desde hace tiempo.

Sentir la frialdad en sus manos, en su rostro, mientras se te escapa alguna lágrima a la vez que no dejo de mirarlo atentamente, con cariño, hablándole a su alma para que pueda mudarse sin temor en busca de otro hogar en el que, sin duda, volverá a sentirse libre. Al mismo tiempo, lo vas recordando, te vas empapando de forma consciente

MLH firmando libros

de su legado: de su pasión por los libros y por la escritura en general o por los viajes; lo recuerdas silbando o cantando La Madelon o Margarita se llama mi amor mientras conduce; firmando libros que había escrito o simplemente soplando una armónica en la terraza de casa a ver qué sale…

 

Mi padre falleció el pasado miércoles 13 de marzo a las 23.00 horas y aún hoy no he tenido de tiempo de hacerle un duelo tranquilo y pausado, como me gustaría poder hacerlo. Rapiñeo instantes, me robo momentos a mí mismo o a las que me rodean, aunque he de seguir con la situación que me circunda. Quizás por eso me he autosecuestrado un par de horas para escribir esto.

Algunos piensan que mi padre en los últimos meses ha recorrido un largo camino, yo creo que no, que el camino largo llevaba más de 83 años haciéndose, aunque los últimos meses hayan sido muy intensos. Mariano no era perfecto, ¡por suerte!, tenía, como cada cual, sus cadaunadas. Sin embargo, en unas 730.000 horas que vivió… qué pudo suponer su imperfección y sus defectos… ¿Treinta horas? ¿Cien horas? ¿Mil horas?… qué son sino un par de parpadeos. También durante muchas más horas fue generoso, altruista, amable… Algunos de vosotros me habéis escrito diciendo que sólo

Enero de 2019

viendo a sus hijos, ya se puede intuir cómo era el padre. Tal vez sea ése el mejor de los regalos, el orgullo más preciado, el alcance infinito de lo inmortal que rememora su alma y su esencia en esta breve instancia de la vida.

Siempre decía que para morirse sólo había que estar vivos y yo ahora entiendo ese “vivos” de otra forma muy diferente. Hay que estar VIVOS y vivirte vivo (aunque parezca una frase de algún presidente del gobierno). Quién tenga ojos que lea. También decía que todo en esta vida tenía solución menos la muerte. Ahora ya ni puede morirse, ni encontrar solución terrenal.

Nos creemos que todo es para siempre. ¡Qué inocentes somos! Unos días antes nos decía, postrado en su cama: “Aprovechad la vida y no os privéis de nada, que al final os vais a ver igual aquí”. La sabiduría de la lucidez.

Viva el Dios de Spinoza.

La última semana fue la más potente, sin duda, y hemos podido estar con él, acompañándolo a él y a la persona que lo lleva acompañando durante más de 50 años: mi madre.

Tuvimos la oportunidad, la suerte y la gracia de habernos podido despedir de él como a él mismo le caracterizaba: con amor y con humor. Él mismo, casi sin fuerzas ya, nos citó en su habitación unos días antes, tres concretamente, porque era plenamente consciente de que nos dejaba.

La mañana del día 13 tuve la suerte de agarrarle la mano durante casi siete horas. Es cruel y hermoso a la vez.

Por fin, está descansando. Ahora mismo es el que mejor está. Os he sentido a todos y a vuestro cariño en la distancia. Estoy triste a la par que tranquilo, porque no he vivido los últimos días con la misma ansiedad que los meses anteriores, quizás porque no estaba agobiado por lo que podía suceder, puesto que ya se sabía. He podido saborear la vida de múltiples formas.

Durante mucho tiempo te preparas, te despides, estás casi implorando que pueda descansar y que la agonía sea un proceso dulce y carente de sufrimiento y dolor. Y dolor no hubo. Sin embargo, cuando llega el día, te arrolla como un tsunami, como si nada de lo que habías preparado hubiera servido para algo. En el fondo, creo que sí, pero en el instante preciso, parece más bien lo contrario.

A veces, como ya dije en mi muro personal de facebook, las cosas no son como esperabas y resulta bastante complejo concordar tan diferentes como disparatadas situaciones de muy distinto origen.

A veces, sólo a veces, no sabemos ni entendernos. Ni entre nosotros, ni con nosotros mismos, ni con la situación que se nos desploma en nuestros hombros de barro.

2 Comentarios

  1. Te quiero primo!
    No me salen las palabras despues de haber leído tu escrito.

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