Niño triste tras una valla

Acercándonos al personal

Hoy voy a escribiros sobre la importancia de ir acercándonos a ciertos alumnos que vagan por los centros educativos. Suelen ser vagos, porque su vagancia divaga en el sinsentido de su existencia.

Ya sé que no pinta bien la cosa, salvo en gris. He aquí un pequeño homenaje a todos esos incomrpendidos que se nos escapan delante de nuestras narices.

 

Los que me conocen, ya saben que en mi vida laboral me he comprometido casi irracionalmente con una serie de proyectos de personas que viven el fracaso, el abandono y la desidia como alimento con el que subsistir, regando sus esperanzas y alimentando su futuro.

En la etapa de la secundaria es tristemente normal encontrarse con proyectos de personas que se encuentran en un estado continuo de forja.

Son proyectos de personas que intentan salir a flote en medio de una transición que, social y familiarmente, en ocasiones, se les hace muy dura.

Son proyectos que son sombras que deambulan por los pasillos de la corrupción académica.

Son proyectos que enmarcan la realidad más tangente y triste de nuestro futuro más cercano.

Son proyectos que enaltecen la violencia en ocasiones como método de supervivencia en un mundo hostil en el que nada es lo que parece.

Son proyectos encarnados que se desangran por goteo en el día a día de su no existencia.

Son proyectos incardinados en un cúmulo de despropósitos que albergan las más oscuras intenciones.

Son proyectos, a veces, que respiran el hedor de una infancia consumida íntegramente el día de su nacimiento.

Son proyectos destripados de sí mismos como en una peli de Tobe Hopper.

Son proyectos enjaulados en la libertad fiscalizada de alguien que no supo entenderla.

 

 

Y luego hay otros alumnos, que los hay también, la verdad. Que tienen una vida más normalizada, lo que, a mi entender, tampoco es sinónimo de algo bueno (o sí, dependerá del contexto de cada uno). A veces, de normales que son sus vidas, son vacías y huecas, nada reflexivas, son gotas de agua que van en la corriente de un grifo recién abierto… dan la vida, pero van directas al desagüe. Eso tampoco es felicidad.

 

Muchos alumnos se encuentran tan perdidos que ni se reconocen a sí mismos en el día a día del instituto. Y en medio de esa perdición maligna e ingenua, los ves con la cara transfigurada mientras haces como que no los estás mirando a la par que les hablas de cualquier tema durante el transcurso de una clase.

Cuando topas con ellos, si los llamas aparte, si te acercas, si hablas con ellos… todo cambia por unos instantes. Es bastante más que probable que al rato todo vuelva a su ser, sin embargo, también es cierto que se habrá producido un pequeño cortocircuito que haga saltar todo por los aires. Ése es el momento que, aunque aparentemente olvidado, permanezca ahí, aunque escondido durante años.

 

Tengo un alumno de mirada melancólica, triste, preso de sí mismo y desubicado hasta de su ser. Podríamos decir que está más perdido que Espinete en el campo, la verdad. Y me recuerda a alguien muy cercano que acaba de reencontrarse hace un par de años y empieza a disfrutar de su formación, aunque, en el fondo, sigue muy perdido.

En realidad, por desgracia, tengo muchos alumnos así, pero este en concreto, en ocasiones, va vagando errante por los pasillos claustrofóbicos de un centro del que se fueron sus compañeros porque él se quedó repitiendo (otra vez). Nada le ata al centro, casi nada más bien. Hay unos ojos claros que lo tienen prendido, a veces, demasiado.

 

Él lo sabe. Yo también. Y él sabe que yo lo sé.

 

Ahora ya ni los ojos le atan, esos ojos se fueron a pasear, sin él, por primera vez en meses.

Una nube sobre mí

Lo veo desarraigado de su ser, sin motivación alguna, con las entrañas entre sus manos, ninguna idea clara y la decepción rondándole como un buitre ansioso de carroña. El porvenir no puede ser más desolador. No aspira al graduado ni le pone mayor atención. Se prostituye por una onza de cariño. Y no hay mucho que hacer por él.

 

Me he acercado alguna vez, pero fue más fácil derribar el muro de Berlín. Sin embargo, sé que en el recuerdo quedará que alguien intentó echarle una mano y fracasó. No me importa mi fracaso, sino el suyo. Ése que puede arrastrarle a las penurias más fangosas que puedan imaginarse.

 

Se marchará en un tiempo del centro. Con el paso de los años, será un despojo en el recuerdo. Otro más que no supo, no pudo y no le dejaron ser.

2 Comentarios

  1. A mí me «llaman» mucho esos alumnos, y a veces sufro por no saber conectar.

    • Álvaro Ledesma Alba says:

      No he entendido bien el concepto de «llaman», Feministísima ¿Te refieres a que ellos te llaman, literalmente, o a que te atrae el trabajo con ellos?

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