Evaluación.

Evaluación.

¿Cómo evaluar en un centro educativo? Tenemos un serio problema con el tema de la evaluación.
Cuando aprobé las oposiciones en 2004 me dijeron después que, al parecer, buscaban a gente que fuera firme en las clases, que tuvieran las cosas claras y que no se dejaran achantar tan fácilmente ante la presión de otros. Y, además, que fuera exigente en las evaluaciones. Yo no recuerdo haber hablado mucho en mi examen oral de los exámenes. Hablé mucho de juegos, de actividades variadas, de jugar con cosas propias de mi especialidad (que es Lengua). Recuerdo que un examinador me preguntó hasta en 3 ocasiones que si yo iba a estar jugando todo el día con los niños, que cómo iba a evaluarlos. En aquella época, respondí que los juegos sólo eran una metodología, que luego había actividades, exámenes (quién me iba a decir que los iba a renegar años después…).

La normativa, al menos, en Andalucía, nos obliga a evaluar. Evaluar, no examinar. Si no recuerdo mal solo se habla de un examen, que es la convocatoria oficial ordinaria de junio y la extraordinaria de septiembre. No se nos pide hacer exámenes cada tema, cada mes, cada trimestre… Podemos evaluar como queramos, siempre con responsabilidad y acierto. Dejamos atrás aquellos mitos de fulanito solo aprueba a las niñas guapas, o tira los exámenes al aire y los que caigan de canto, o… No. Pero, quitando esos casos propios de la mitología urbana (y, en ocasiones, no tanto) debemos evaluar como estimemos más oportuno.
Comentarios del tipo: a mí me trabaja, me hace las tareas, entiende las cosas pero luego no saca más de un dos en el examen, así que he tenido que suspenderlo… ¿cuántas veces los hemos podido oír? ¿Cuántas?
Los maestros y profesores tenemos miles de herramientas diarias para observar y evaluar el trabajo y provecho de nuestros alumnos dentro de cada una de sus posibilidades. Utilicémoslas, por favor:
Si trabaja, si no, si participa, si le gusta, si investiga, si charla, si distrae o si se distrae a sí mismo, si juega, si actúa, si se achanta, si disfruta, si aprende, si crea cosas nuevas, si se niega, si se te enfrenta, si te responde a un grito con otro o con un «maestro, yo a usted no le estoy gritando», si pregunta dudas y si las resuelve con o sin ayuda,… Y tantas y tantas cosas que podemos observar al cabo del día. Y no hay que entenderlas como algo malo. Yo, en ocasiones, valoro muy positivamente que un alumno se me enfrente o me plante cara diciendo que hay algo con lo que no está de acuerdo. No soy yo quien va a castigar o sancionar que no estén de acuerdo conmigo, siempre que sea dicho con respeto.
Y en la evaluación hay aspectos que no deberíamos olvidar, como el hecho de dejar que los chicos y chicas nos evalúen a nosotros. Y, a ser posible, trimestralmente. ¿Qué os parecen las clases? ¿Qué cambiaríais? ¿Cómo es el profesor? ¿Qué os gustaría hacer el próximo trimestre? ¿Qué añadiríais? O cualquier otra pregunta que se os ocurra. No hay que rebuscar mucho, preguntas directas, simples concretas y, siempre, adaptadas al alumnado que tengáis enfrente.
En la evaluación también hay que tener en cuenta el contexto vital de la persona que estamos evaluando. Si vive con padre y madre, si no, si tiene problemas con la justicia, si está pendiente de un divorcio complejo o llevadero, si sus padres tienen trabajo, si se le murió alguien hace poco, su forma de relacionarse o de jugar con otros, si tiene o ha tenido alguna enfermedad… cualquier cosa que sea interesante para tener en cuenta su rendimiento en el centro. Evaluar este tipo de cosas nos permite acercarnos más a ellos y saber más de ellos, y eso nos permite conectar a unos niveles a los que otros no llegan. Esa confianza, muchas veces, resulta crucial para enganchar al alumnado y que tire «pa’lante», aunque sus circunstancias sean adversas.
Evaluar no es poner un número. Eso es lo más fácil. Cuando llega un final de trimestre yo suelo preguntarle a mis alumnos: «Honestamente, ¿qué nota crees que te merecerías este trimestre?» Después de oír al gracioso decir «pues un 10» se oyen más voces. Normalmente, la mayoría hace un esfuerzo por ver cuál ha sido su trabajo, su interés… y te dicen la nota que creen que merecen. Casi siempre coincidimos. La única pena es que nos sigan obligando a poner un número. Ojalá pudiéramos evaluar con un «excelente, me ha encantado tu trabajo, creo que podrías hacer más, ha sido maravilloso, te has pasado tres pueblos, no has hecho ni el huevo, me has dejado perplejo…» Claro que nuestro actual mundo cartesiano se cortocircuitaría al no saber cómo hacer las medias…
Sin embargo, evaluar es mucho más. Es conocer a la persona, es verla, observarla, hablarle, guiarle, pedirle, llevarle, leerle, atenderle, mirarle a los ojos, ofrecerle…

¿Qué está bien y qué está mal? ¿Por qué coger el lápiz de determinada forma está bien o mal? ¿Escribe bien? ¿Está cómoda? ¿Se hace daño en los dedos? Entonces, qué más da cómo lo coja… ¡Es que esto no es así!, decimos en multitud de ocasiones… Y, reconozcámoslo, muchas veces da igual que sea de una forma u otra, pero insistimos en una sola, por los motivos que sean. En otro post hablaré de esto y del ejemplo de un profesor que no le gustaba la respuesta de su alumno en el examen porque no era la «correcta» (o sea, la que él quería).

Insistir, por último, en la idea, a veces olvidada, de que trabajamos con personas. Personas que necesitan el mismo respeto que nosotros, el mismo cariño que queremos, la misma profesionalidad que nos gustaría a nosotros, la cercanía  que se merecen… Ni más ni menos. Lo mismo que nos gustaría a nosotros.

Insisto, evaluar no es examinar ni es reducirlo todo a un examen o a tres, sino recoger múltiple información al cabo de los días.
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